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La sigla
de moda en Colombia es TLC. Desde hace algunos meses,
los medios, la academia, los negocios, los corrillos
de café y una que otra reunión familiar
tienen el tema como centro de discusión. Abundan
los foros, los manuales y las declaraciones que recorren
todo el espectro ideológico y de intereses sobre
el tema. Igual cosa, se supone, debe estar pasando en
Ecuador y Perú y debe haber pasado en Chile,
en República Dominicana y en Centroamérica.
Pues bien, esa misma oleada de reflexiones transita,
también, por el mundo de la cultura. De nuevo,
o mejor por primera vez, en Colombia se habla de excepción
cultural, de reserva cultural. Gentes de la música,
del cine y de las artes escénicas (agrupadas
bajo la Coalición Colombiana para la Diversidad
Cultural) se sintonizan con una nueva jerga que habla
de reservas, de medidas de disconformidad; se renueva
el discurso sobre la globalización y la diversidad
cultural. Los más conspicuos representantes de
la industria de medios se unen al coro solicitando excepción
para sus actividades, en fin, el sector cultural está
alerta frente al tratado de libre comercio. La presión
bajo la que se realizan las negociaciones y los estrechos
cronogramas de la misma, han despertado ese inusitado
interés del sector de la cultura por el tema,
algo que no se había delineado con tanta fuerza
para las negociaciones del Área de Libre Comercio
de las Américas, el ALCA, -ese león dormido-,
que no es más que la misma receta del TLC, ampliada
a todo el continente.
Pues bienvenido el debate sobre la cultura y el libre
comercio. En esencia, el consenso del sector cultural
frente al TLC se ubica en la necesidad de que dentro
del Tratado se preserve la soberanía del país
para diseñar sus políticas culturales
y la necesidad de fortalecer el diseño de éstas
para hacer frente a la competencia internacional y garantizar
la preservación de la diversidad cultural y las
manifestaciones de la cultura local.
La discusión se ha centrado, en buena parte,
en torno al sector audiovisual: el cine, la televisión
y la radio. En realidad, así ha pasado en casi
todo el mundo cuando se habla de cultura y libre comercio.
Cuotas de pantalla en cine y televisión; inversión
extranjera en los medios de comunicación; uso
del espacio electromagnético; y distribución
electrónica de contenidos culturales, son temas
que están sobre la mesa y sobre los que urge
tomar decisiones pues comprometen seriamente la diversidad
y la identidad cultural. Las decisiones se mueven entre
una “excepción cultural” general –esto es, que
lo que se apruebe en el tratado no comprometa a las
industrias ligadas al derecho de autor- o el establecimiento
de una reserva cultural dentro de los capítulos
de inversión y de comercio de servicios, que
garantice que en determinados sectores el Estado podrá
adoptar o mantener determinado tipo de normas de promoción
o de regulación. Además, existe la posibilidad
de incluir medidas de disconformidad dentro del tratado
que ponen a salvo la legislación presente y/o
futura sobre las industrias culturales.
¿Y la industria editorial?
Poco se le ha escuchado en estos meses. Uno
imagina que el arancel cero, vigente en la actualidad,
le da argumentos para decir que ya el sector está
en libre comercio. Que la Ley del Libro es una estructura
legal sólida que le garantiza al sector estabilidad
jurídica en los próximos años y
que se debatirá nuevamente en el 2013 (pese a
los temores que despierta cada nuevo proyecto de reforma
tributaria), cuando se acaben las exenciones tributarias
vigentes. Puede también pensarse que la barrera
idiomática con Estados Unidos no es algo que
preocupe sustancialmente frente a la competencia en
el mercado interno. En fin, se pueden aventurar muchas
hipótesis con respecto al silencio de la industria
editorial frente al TLC.
Sin embargo, el tema da para muchas reflexiones. Son
muy diversos los asuntos que le incumben al sector editorial
dentro de la negociación, que deben ser tomados
en cuenta dentro de la estrategia del mismo para los
próximos años.
Veamos:
El TLC, con la previsible
seguridad jurídica que dará a la inversión
extranjera en el país y en la región,
puede constituirse en un dinamizador de la inversión
en el sector editorial. Las editoriales estadounidenses
ya vienen dando pasos en la región desde hace
algunos años en el mercado de textos escolares
y universitarios, y es previsible que este proceso se
fortalezca en los próximos años dadas
las potencialidades del país y de la región
en el campo de la demanda de libros y publicaciones
periódicas.
La pregunta que surge inmediatamente es ¿cuáles
son los factores que determinarán el lugar de
asentamiento de esas nuevas inversiones? Indudablemente,
en las últimas décadas, Colombia ha desarrollado
una importante infraestructura para la edición
y manufactura de libros y la presencia de los productos
editoriales colombianos es significativa en algunos
países del continente, además de la larga
tradición de la venta de servicios de impresión
por parte de la industria gráfica colombiana
a editores en el resto del continente.
Ha sido de corriente aceptación el hecho de que
Colombia ha vivido un “boom” editorial en las dos últimas
décadas y se le atribuye el mismo a los beneficios
derivados de la Ley del Libro. Una mirada más
de cerca al tema obliga a poner en su debido lugar tal
afirmación. Si bien es indudable que el país
ha incrementado significativamente la venta de libros
en el exterior, los indicadores de la industria en el
mercado interno son bastante bajos, en cuanto a número
de títulos editados y ejemplares impresos, y
ha registrado caídas significativas con respecto
a las cifras de comienzos de los 90. De otra parte,
las importaciones de libros se han reducido en términos
relativos, sin que haya indicadores de que la industria
local haya realizado una sustitución de esas
importaciones. En resumen, la oferta de libros, en términos
relativos, disponible para el mercado colombiano es
cada vez menor. El aparato de distribución –las
librerías- sufre una de las crisis más
grandes de la historia. Con muy escasas excepciones
–empresas que compran derechos de autor en el extranjero,
traducen y editan para el mercado regional-, la oferta
editorial colombiana se reduce a fondos de interés
local y a textos escolares y universitarios. La oferta
está dirigida, como en casi toda América
Latina, por la industria editorial española y
sus filiales en el continente.
La argumentación anterior lleva, entonces, a
importantes reflexiones sobre el futuro de la industria
y, en particular, frente al TLC.
La tesis que quiero plantear aquí está
referida a que Colombia tiene todas las posibilidades
de convertirse en un gran centro editorial en el continente,
en términos de una bien ganada imagen, cultivada
desde mediados de los ochenta, atrayendo inversión
europea y estadounidense. Para lograrlo debe generar
las condiciones necesarias para garantizar que este
proceso sea exitoso. Pero, ¿basta con disponer
de una Ley del Libro que todos en la región quieren
imitar?
La Ley del Libro en Colombia garantiza una serie de
estímulos tributarios y arancelarios para los
libros editados e impresos en Colombia. Esa es la condición
necesaria para ser beneficiario de la misma. Ahora bien,
la tendencia en el mundo editorial es hacia la disminución
de los tirajes y hacia los servicios de impresión
digital y por demanda. Además, el precio de los
servicios de impresión, cuyas características
tecnológicas son similares en cualquier lugar
del mundo, se puede asemejar al de un “commodity” y
es un servicio que viaja por el mundo al vaivén
de la tasa de cambio y de los costos laborales. Piénsese
solo en que el comercio de libros de China con Estados
Unidos, típica venta de servicios de impresión,
ha pasado de 1,5 millones de dólares en 1990
a 1.716 millones de dólares en 2003, desplazando
a los tradicionales proveedores del sudeste asiático.
El tema de atar la Ley del Libro y sus beneficios a
los libros “editados e impresos en Colombia” es ya una
primera limitante para un inversionista extranjero,
que vea posibilidades de editar en Colombia, tanto por
las variaciones de los precios de la impresión
en el mercado internacional como por factores tecnológicos
(un libro editado en Colombia, podría ser impreso
localmente por medios digitales en todos los países
de la región). Tengo la certeza de que la industria
gráfica colombiana, dadas sus fortalezas en cuanto
a capacidad instalada y a calidad de su manufactura
no requiere este tipo de protección, antes bien
debe tener la posibilidad de expandirse, mediante alianzas,
hacia otros países de la región, para
atender la demanda potencial.
Esto nos lleva directamente al tema central. ¿Qué
está haciendo la industria editorial para posicionarse
regionalmente y convertirse en un imán para la
inversión extranjera? Parece que poco.
En la discusión del TLC en el país ha
cobrado especial importancia la “agenda interna”, esto
es, la preparación para lo que viene en el próximo
futuro, con tratado o sin tratado. ¿Cuál
es la agenda interna de la industria editorial? Esa
preparación para el futuro y para atraer la inversión
extranjera exige fortalecer el diagnóstico de
la cadena productiva editorial. Los asuntos a atender
están relacionados con la oferta de papeles de
imprenta y escritura, la modernización tecnológica
de las industrias gráfica y editorial, la capacitación
de traductores, diseñadores, editores y correctores,
el fortalecimiento del aparato de distribución
y los tópicos de una agenda más general,
compartida con el resto del sector productivo. Imaginemos
la gran cantidad de empresas nuevas que pueden crearse
en el campo de los servicios vinculados a la industria
editorial, que podrían formalizar a la gran cantidad
de “free lancers” que hoy utiliza el sector y podrían
generar riqueza y empleo para el país.
Con una visión más amplia, la “agenda
interna” de la industria editorial colombiana debería
convertirse en una “agenda regional” que aproveche las
potencialidades de América Latina en el campo
editorial. Es necesario crear empresas editoriales “grandes”
en la región, que puedan competir en el mercado
internacional de derechos de autor y logren economías
de escala en la producción, de manera tal que
los objetivos de democratización del acceso al
libro, que pasan necesariamente por el precio, se hagan
realidad. Iniciativas empresariales en este campo serán
la mejor forma de enfrentar la competencia estadounidense
y europea. Las empresas editoriales no pueden seguir
jugando a esperar el ansiado momento en que una empresa
del mundo desarrollado ponga sus ojos en ellas y las
incorpore dentro de su colección de sellos.
Si la Ley del Libro se lee cuidadosamente y se le da
importancia a temas diferentes a la exención
tributaria, allí se tienen los lineamientos básicos
para empezar a trabajar en esa agenda: ordena ampliar
las ventajas arancelarias a otros bienes que hacen parte
de la cadena productiva; ordena crear un centro de capacitación
para la industria; ordena trabajar en normas técnicas
de calidad; algo sugiere para fortalecer la distribución.
En fin, una Ley del Libro, trabajada juiciosamente,
revisada y actualizada podrá ayudar a hacer realidad
los objetivos que se planteó el legislador desde
1958 y en las sucesivas prórrogas de la ley:
que en Colombia se lea más y que los libros colombianos
se lean más en todo el mundo. |
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