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El Área
de Libre Comercio de las Américas (ALCA) se encuentra
en una fase de pérdida de velocidad tal, que
lo más probable es que no se llegue a un acuerdo
multilateral para enero del año próximo
como se había planteado. Con todo el impulso
que inició el ALCA no está agotado y se
ha dirigido a otras iniciativas como son los Tratados
de Libre Comercio (TLC) bilaterales (o los tratados
sobre inversiones).
El estancamiento del ALCA ha llevado a los EE.UU. a
desarrollar tratados bilaterales animados con la misma
visión –e intención– con la que se inició
el ALCA.
Ese impulso de realizar negociaciones comerciales bajo
la directriz de “libre comercio” está marcando
un reordenamiento mundial en el ámbito económico
y financiero para beneficio de las economías
centrales y de sus corporaciones. La condición
de “libre” es fácil de cuestionar al realizarse
negociaciones entre economías desiguales donde
una de las partes puede imponer sus condiciones. El
”comercio” del que se habla también, tiene características
innovadoras al incluir aspectos tan extraños
a la comercialización como la salud, la educación,
la cultura. Un impulso que lleva a considerar todo materia
comerciable y por lo tanto, todo susceptible de ser
mercancía. No es difícil darse cuenta
que en la enorme mayoría de casos beneficia a
los poderosos que pueden imponer sus intereses.
En esas condiciones se está desarrollando un
proceso que encuentra resistencias –algunas son las
que llevaron a que el ALCA esté en hibernación–
por parte de quienes han podido ver que un proceso de
esas características pone en peligro elementos
esenciales de nuestras sociedades (además del
desarrollo económico).
Uno de ellos es la identidad cultural y la imprescindible
diversidad cultural.
Ya en las negociaciones de la Ronda Uruguay y en la
OMC, a partir de la iniciativa de países europeos,
se logró un acuerdo tácito de “excepción
cultural” que permitió establecer claramente
que los productos de las industrias culturales tenían
un carácter especial al ser –además de
mercancías– creaciones con una significación
social y cultural que intervienen directamente en la
conformación de identidades culturales y sociales.
La “libertad” total del comercio de productos culturales
supone la imposición de reglas que impiden que
los Estados apoyen, subvencionen, den ventajas fiscales
o cualquier tratamiento preferencial para su sector
cultural con las evidentes consecuencias que ello supone.
Ya en algunos países, el flujo es prácticamente
unidireccional y algunos sectores culturales solo pueden
sobrevivir con apoyo estatal (y para eso está
el Estado).
La llamada sociedad civil también reaccionó
ante el riesgo que esos acuerdos comerciales significan
para la diversidad cultural; un ejemplo en nuestro continente
es el esfuerzo realizado en Chile por organizaciones
de profesionales de la cultura y por la Coalición
chilena para la diversidad cultural, quienes lograron
poner en la agenda pública los riesgos que suponía
el TLC que el gobierno negociaba con los EE.UU. Dicha
acción, en gran parte liderada por las editoriales
independientes chilenas, permitió que dichas
organizaciones fuesen tenidas en cuenta como interlocutores
válidos para el gobierno y que en el TLC el Estado
chileno pudiese establecer ciertas “reservas culturales”
.
En el contexto de riesgo para las industrias culturales
que significan los TLC se encuentra una industria editorial
independiente latinoamericana ya en jaque por la concentración
y transnacionalización del sector. El proceso
de concentración de las empresas editoriales
en el ámbito mundial es bien conocido y el hecho
de que el 50% del mercado del libro en América
Latina –excepción hecha de Brasil– esté
en manos de pocas editoriales españolas habla
de la transnacionalización –y “extranjerización”–
de la edición en nuestro continente.
Las editoriales independientes –que no forman parte
de grupos empresariales o conglomerados– no solamente
conservan la autonomía en las decisiones sino
que tienen una manera particular de encarar el oficio:
el orgullo de lo que se edita está más
fundado en la calidad y/o en la incidencia intelectual
o social del libro publicado que en números de
ventas y beneficios. La lógica de los grandes
grupos es la de los best-sellers , del libro
exclusivamente como mercancía; la de los editores
independientes reposa en el libro como vehículo
de cultura, conocimiento y entretenimiento en equilibrio
–inestable– con el carácter de libro/mercancía.
Son eslabones de lo que Gabriele Muzio llama “cadena
de la memoria histórica de la Humanidad” y parte
esencial de la diversidad cultural.
El proceso de transnacionalización ha puesto
en peligro a la edición independiente y local
que sobrevive porque está enraizada en las sociedades,
sabe encontrar sectores de la edición que no
tienen atractivo para los grandes grupos y porque se
han esforzado en editar material de calidad. Además
de estrategias de cooperación y alianzas con
otras editoriales independientes del continente o de
fuera.
Esa industria editorial independiente en “riesgo de
extinción” debido a la desigualdad de condiciones
en que se encuentra frente a los grandes grupos, puede
encontrar agravada su situación si los TLC roban
espacios de soberanía al impedir que los Estados
establezcan políticas públicas de apoyo
e incentivo al sector. Por otro lado, un TLC puede significar
barreras para las transnacionales de fuera del continente
(las venidas de España por ejemplo) quienes encontrarán
grandes dificultades para competir con un sector editorial
de origen estadounidense, que tiene todos los medios
para editar en español y que si aún no
lo ha desarrollado con vigor es porque está esperando
un ALCA.
En dicho contexto, las editoriales independientes “saldrán
de la sartén para caer al fuego”.
Los editores independientes debemos participar activamente
para que los riesgos que implican los TLC para la diversidad
cultural estén en la agenda pública (como
en Chile, como en Uruguay donde la Cámara del
Libro integra la Coalición uruguaya para la diversidad
cultural) y exigir que dichas negociaciones no sean
secretas (como lo son en la actualidad). Debemos hacer
lo necesario para que los respectivos gobiernos apoyen
la Convención internacional sobre la diversidad
cultural de la Unesco (que está en redacción
para ser presentada en la próxima Conferencia
general) y que ésta sea un instrumento vinculante
que garantice la soberanía de cada país
para establecer políticas culturales dirigidas
a proteger, promover y desarrollar sus expresiones culturales
y sus propias industrias culturales. |
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