La industria
editorial está atravesando por un intenso proceso
de globalización en los últimos años,
de forma no siempre muy perceptible para el público
más pendiente de lo que sucede en el panorama
económico general.
El libro fue el primer objeto cultural globalizado.
El invento de Gutemberg fue fundamental para romper
la estrechez del mundo medieval, haciendo posible que
el conocimiento viajara más ampliamente, con
velocidad infinitamente superior a la posible, con las
copias manuales o con la presencia física del
autor. Esa posibilidad de viajar, de “globalizarse”
es, de hecho, uno de los motivos de orgullo para la
industria editorial, que siempre tuvo en el principio
de la libertad de publicación y de circulación
de los libros, uno de sus principales fundamentos.El
actual proceso de globalización refleja, en una
de sus facetas, la continuidad de ese proceso secular.
Tenemos cada vez más autores internacionales,
que se hacen presentes en los sellos editoriales de
muchos países. La mayoría de esos autores,
hoy, son americanos; pero eso está lejos de ser
una constante.
En el área de la literatura tenemos varios autores
latinoamericanos “globalizados”: García Márquez,
Vargas Llosa, Isabel Allende, Paulo Coelho, para citar
algunos con mayor presencia contemporánea. Y
no podemos olvidar la inmensa variedad de autores alemanes,
franceses, españoles que circulan internacionalmente
en todas las áreas del conocimiento. El mundo
se poliniza con el conocimiento, con las contribuciones
provenientes de todos los rincones del planeta.
El otro aspecto de la globalización es el que
sucede también a través del surgimiento
y fortalecimiento de grandes grupos editoriales. Más
que “grupos editoriales”, hoy podemos hablar de conglomerados
de la industria de la información o de la difusión
de contenido. Ésta es la cara de la globalización
estimada y valorizada por autores y editores.
Por otro lado, en el
contexto de las negociaciones multilaterales sobre la
liberalización de comercio y servicios, de los
cuales la OMC es la versión más amplia
y el ALCA su forma regionalizada, el tema se complica
aún más. De manera muy general, se pueden
detectar tres grandes tendencias: a) absorción
de editoriales por grandes grupos de comunicación
– VIACOM, Time-Warner-AOL, Vivendi Universal, Bertelsmann,
News Corporation (Murdoch); b) compra de editoriales
para explotación de mercados lingüísticos
o geográficos específicos, como es el
caso de la expansión de editoriales españolas
en América Latina, de algunas editoriales alemanas
en los Estados Unidos – la expansión del grupo
Santillana y del grupo Planeta en América Latina,
Bertelsmann, Holtzbrink y Penguin en los Estados Unidos;
c) concentración en segmentos específicos,
principalmente en el área técnico-científica,
cuyo ejemplo más significativo es el de la holandesa
Elsevier.
Se trata, sin embargo, de una situación fluida.
Al grupo francés Vivendi le fue muy mal en su
intención de transformarse efectivamente en internacional
con la fusión con la Universal; Bertelsmann está
perdiendo posiciones, así como la Time Warner-AOL.
Cuáles son los problemas en consecuencia de esto?
Varios autores ya llamaron la atención sobre
el hecho de que la concentración de la industria
editorial tiende a disminuir la diversidad de la oferta
y aumentar el énfasis en la publicación
de autores conocidos, con la correspondiente tendencia
a disminuir el espacio para nuevos autores.
El gran problema de la cultura de best-sellers es justamente
ese: las editoriales necesitan libros de éxito
y venta rápida. Las redes de librerías,
presionadas también por costos, acentúan
esa presión y el resultado final es la disminución
del espacio en los catálogos editoriales y en
los estantes de las librerías para autores nuevos.
Vemos, entonces, la conjunción de intereses dañinos
para el público lector entre las editoriales
de best-sellers y las redes de librerías, ambos
en busca del giro rápido que trae el libro de
fácil consumo escrito por los autores bien conocidos.Esa
tendencia de mercado refuerza el proceso de concentración
y globalización. Solamente las editoriales más
grandes – y, en este caso, conglomerados globalizados
– disponen de los recursos necesarios para disputar
en el mercado de derechos de autor, los escritores conocidos.
Ese círculo vicioso perjudica a pequeñas
y medianas editoriales con programas editoriales creativos
y que no reposan en los “grandes nombres” – si se entienden
éstos como sinónimo de grandes vendedores
– y que abren espacio para importantes autores nacionales
y extranjeros de importancia cultural específica.
Afortunadamente, como lo señala Gabriel Zaid,
la inversión para ingresar al mercado editorial
es relativamente baja, lo que permite una constante
renovación de la oferta por parte de editoriales
que aplican las utilidades conseguidas con algunos autores,
para mantener catálogos más diversificados.
De ahí resulta la necesidad de que cada país
establezca una política industrial para el fortalecimiento
de la industria editorial nacional. Vale la pena recordar,
sin embargo, que la situación de fragilidad de
las editoriales de los países latinoamericanos
se debe, en gran parte, a su carácter de empresas
familiares, con bajo nivel de capitalización,
prácticas administrativas obsoletas y poca capacitación
técnica para enfrentar los desafíos de
un mercado dinámico y muy disputado. Cuando una
empresa extranjera llega, con dólares o euros,
compra barato, lo que muchas veces, le costaría
mucho para construir. En el caso brasileño, eso
es evidente en el sector de libros didácticos.
Ante las peculiaridades de ese segmento en el Brasil,
con la gran cantidad de compras gubernamentales y la
enorme extensión territorial para hacer la divulgación
de los libros con los profesores, sería casi
imposible que una editorial extranjera comience desde
cero. Así, es más fácil comprar
una editorial ya establecida.
Romper el ciclo de baja capitalización, administración
desfasada y poca capacitación técnica
en las empresas editoriales nacionales es una cuestión
absolutamente central para contraponerse eficazmente
a la globalización y a la formación de
grandes conglomerados del mercado editorial.
ALCA, DIVERSIDAD CULTURAL Y COMERCIO INTERNACIONAL
La diversidad cultural es un tema subyacente en las
discusiones de la OMC – Organización Mundial
del Comercio y también en las negociaciones del
ALCA – Área de Libre Comercio de las Américas.Para
quien sigue de lejos el asunto, puede parecerle extraño
que la “cultura” aparezca como un tema destacado en
las negociaciones comerciales multilaterales. Deja de
parecerlo cuando se verifica que la industria basada
en la producción de contenidos sujetos a copyright
, o derechos de autor, proporciona gran volumen
de divisas en la pauta de exportación de los
Estados Unidos, quedando por debajo apenas de la industria
de armas. Cine, música, libros y software son
un negocio esencial para aquel país. Y, como
están estrechamente relacionados con los servicios
de comunicación (radio, televisión, Internet,
etc.), tienen gran influencia también sobre la
pauta de discusión de la liberalización
comercial de esos servicios.
Además del valor comercial, los productos culturales
tienen un peso fundamental en la formación de
la opinión pública y en la imagen que
los países proyectan internacionalmente.
No se puede subestimar el empeño de los Estados
Unidos en la liberalización total de lo que ellos
denominan “Entertainment Industry”. El día 27
de marzo de 2003, una “Entertainment Industry Coalition
for Free Trade”, que reúne una gran cantidad
de organizaciones ligadas al cine y la música,
divulgó un pres release, relatando la
reunión que tuvieron con Robert Zoellick, del
cual cito algunos pasajes destacados: 1) “El objetivo
de la EIC es educar formuladores claves de la política
comercial sobre la importancia del libre comercio, el
impacto económico positivo de las negociaciones
comerciales internacionales en el establecimiento de
las bases para una fuerte protección de la propiedad
intelectual” ; 2) “Los miembros de la EIC desempeñan
un papel crítico en el crecimiento de la economía
de los Estados Unidos. El último informe económico
de 2001 confirma que las industrias creativas contribuyeron
más para la economía de los Estados Unidos
y emplearon más trabajadores que cualquier sector
manufacturero aislado. Las exportaciones de las industrias
de copyright en 2001 fueron estimadas en US$ 88,97 billones
de dólares, superando a todos los sectores industriales
más grandes, inclusive el de los productos químicos
y productos conexos, vehículos a motor, equipos
y repuestos, aviones y sus repuestos, y el sector agrícola”
; 3) “Varios puntos son vitales para los miembros
de la coalición, tales como los relacionados
con el aumento del acceso a los mercados con la eliminación
de aranceles para todos los productos de entretenimiento
de los Estados Unidos” ; y 4) “demostrar que
los acuerdos comerciales pueden ser elaborados en el
sentido de incluir obligaciones de apertura del mercado
de servicios al mismo tiempo que se resuelven cuestiones
específicas relacionadas con el sector cultural”.
O sea que los Estados Unidos consideran el asunto
de la producción cultural como elemento esencial
e integrante de las negociaciones comerciales multilaterales
en curso y el interlocutor de esos sectores no es un
“ministro de la cultura” – que allá no existe-,
y sí el zar de la política comercial americana,
el notorio Robert Zoellick.
Esa posición americana se expresa, en la práctica,
con la separación entre “cultura” e “industrias
de entretenimiento”. En el primer campo, coloca museos,
colecciones de arte, ópera y música clásica,
folklore y arte popular. Todo el resto – cine, libros,
música, programas de televisión y radio,
parques temáticos, espectáculos musicales
– hacen parte de un subsector de servicios; son las
“industrias del entretenimiento” y, según ellos,
deben ser totalmente liberalizadas.
En contraste con esa posición americana, fue
que se desarrolló la idea de la “excepción
cultural”, cuyo gran defensor es Francia y, subsidiariamente,
el Canadá.
Ésta consiste, fundamentalmente, en no admitir
la liberalización del comercio de servicios en
el área de la cultura, a partir del reconocimiento
de la necesidad de que cada país pueda mantener
políticas culturales propias, principalmente
medidas de protección a las respectivas industrias
culturales. Cuando se habla de ese asunto, hay siempre
un énfasis muy fuerte en las políticas
relacionadas con el sector audiovisual y de multimedios
(cine, televisión, radio, música), aunque
se incluya también – particularmente en el caso
del Canadá – la cuestión del apoyo (a
través de restricciones al ingreso de empresas
extranjeras y subsidios para las empresas locales) a
la industria editorial. De cualquier forma, la excepción
cultural propone que se considere que todas las actividades
culturales, productoras de “contenido”, están
fuera de los procesos de liberalización del comercio,
de bienes y servicios realizados en el seno de la Organización
Mundial de Comercio.
El objetivo expreso de esa protección es el de
impedir que la industria cultural estadounidense y de
otros “major players” consolide cada vez más
o aumente su ya preponderante posición en el
ámbito internacional. Como vimos, ellos toman
las cosas en serio.
La excepción cultural es básicamente una
táctica defensiva, en el ámbito del GATS/OMC.
Al no incluir compromisos en esa área, en las
negociaciones multilaterales en curso de liberalización,
se busca impedir el avasallador avance norteamericano.
Hay un problema en esa caracterización de la
excepción como un mecanismo puramente defensivo.
Francia, a través de la organización de
la francofonía, procura, de manera clara, establecer
su propia área de influencia, garantizando mercados
para su producción audiovisual. En el caso francés,
la excepción cultural aparece, en muchas situaciones,
como un tenue velo que cubre el interés para
obtener mejores condiciones para sus productos culturales
en la francofonía. Además de eso, con
frecuencia se percibe la disposición de los franceses
para incluir hasta ítems de la producción
agrícola en la “excepción cultural”, en
perjuicio de las exportaciones de los países
en desarrollo. Al final de cuentas, Roquefort es cultura.
La defensa de la excepción cultural pura y simple,
por lo tanto, presenta varios problemas.
La excepción cultural puede defender la actual
producción cultural de los países que
la practican pero, en muchos casos, los mercados nacionales
son insuficientes para asegurar una producción
continua y estable, principalmente en el área
del audiovisual. Eso lleva, necesariamente, a la exigencia
de subsidios gubernamentales, en mayor o menor grado,
para que esa producción nacional pueda subsistir.
Existe, subyacente a la defensa del propio mercado,
la ambición de cada país de conquistar
parcelas más significativas de mercados externos
para su propia producción cultural.
En esas circunstancias, surge una aparente contradicción:
cada país quiere defender el derecho a proteger
su producción cultural, pero también desea
participar en la gran torta del mercado cultural internacional.
O sea, penetrar al mercado americano. Los productores
– principalmente de audiovisual – también reivindican
recursos públicos para mantenerse en actividad,
ya que aún protegidos, sus mercados no son lo
suficientemente amplios, o no están lo suficientemente
estructurados, para que puedan mantenerse sin esa protección
de los recursos públicos.
En el caso brasileño, son visibles esos problemas.
El cine nacional no logra vivir sin fuertes subsidios
públicos, directos e indirectos. En el campo
de la música, las filiales de las grabadoras
internacionales se dieron cuenta de la importancia de
los autores e intérpretes locales para la conquista
y mantenimiento del mercado. Sin embargo, circunscriben
y seleccionan, de manera elitista y restrictiva, las
posibilidades de exportación de la música
brasileña, sujetándola a determinaciones
de market share de sus matrices internacionales
.
En el caso de la televisión brasileña,
se constatan algunas peculiaridades. En la televisión
abierta, las empresas nacionales dominan ampliamente.
Importan cantidades significativas de contenidos extranjeros
(filmes, formatos de programas, series, etc.), pero
también se constata que los productos de mayor
aceptación son los de producción nacional,
como es el caso de las novelas, programas de variedades
y de auditorio.
La penetración más directa de la industria
internacional se ve en la televisión cerrada,
por cable. En ese campo, aún cuando haya una
fuerte presencia nacional en la distribución
(la NET, una de las principales operadoras de cable
es de TV Globo), los canales distribuidos son, en su
mayoría, de producción extranjera, fundamentalmente
americana.
El sector editorial brasileño es el que menos
necesita de protección. No sólo por el
idioma, sino también por las características
específicas del sistema educativo, que obligan
a que la producción de contenidos sea esencialmente
nacional. Las importaciones de contenidos, expresadas
en la traducción de autores extranjeros, son
inclusive necesarias para el enriquecimiento cultural
del país. La importación directa de libros
es totalmente irrestricta, inmune a impuestos, por disposición
constitucional, y atiende al sector de lectores, que
prefieren leer los originales o dependen de información
tecnológica actualizada.
Una cuestión más reciente es la presentada
por el Internet, con relación al control de los
derechos de autor. Las asociaciones de editores, músicos
y demás productores de contenido sostienen la
importancia del reconocimiento del derecho de autor
y de la necesidad de licenciamiento. Eso genera conflictos.
Por ejemplo, con las empresas de venta de servicios
de telecomunicación y proveedores de acceso a
Internet. Para utilizar un ejemplo simple: una compañía
telefónica tiene el máximo interés
en que los proveedores tengan el máximo de contenido
con acceso libre, producidos internamente con el reciclaje,
sin pago de derechos, de contenidos producidos por terceros.
Al fin de cuentas, el servicio de transmisión
es pagado (uso de la línea telefónica
o de servicios de banda ancha) y se vuelve más
atractivo mientras más contenido haya para suministrar
sin costos adicionales. Esa posición, obviamente,
cuenta con la simpatía de gran parte de los usuarios,
que no se dan cuenta de la contradicción: pagan
por el acceso sin reclamar, pero quieren contenido gratis,
preferiblemente producido por artistas, escritores,
etc. que en la cabeza de esos consumidores no comen
ni tienen cuentas por pagar y, por lo tanto, no necesitarían
remuneración...
Esa cuestión
ha sido objeto de amplias discusiones en el ámbito
de los encuentros sobre la sociedad de información.
La defensa de los intereses de los países y poblaciones
más pobres en el acceso al contenido – inclusive
técnico y científico –deja ver que se
trata de un problema real, que debe ser resuelto con
extensas e intensas negociaciones.
Como medio de defensa de su producción cultural,
la mayoría de los países ha adoptado mecanismos
de excepción cultural. O sea, no presentan listas
para discusión de liberalización en el
ámbito de la OMC. Pero esa posición es
insostenible a largo plazo, ya que se limita a decir
no y, por eso mismo, no ayuda a la expansión
de la exportación de productos culturales provenientes
de todos los otros países diferentes a los Estados
Unidos (y, en menor grado, Francia).
El Brasil, hasta el momento, no entregó una lista
a la OMC que sea factible de liberalización del
comercio internacional de servicios y productos culturales.
Pidió, sin embargo, que Francia asumiera compromisos
en el sector audiovisual, como forma de presión
negociadora.
No obstante, al final de 2001, el Brasil presentó
una propuesta para discusión en la OMC que trataba,
específicamente, de la cuestión del audiovisual
(Documento W/99 del Consejo de Servicios de la OMC).
Propuesta genérica, para discusión de
principios, sin implicar la presentación de listas
para negociación. Esa propuesta, que tuvo su
redacción final hecha por el embajador Celso
Amorim, actual ministro de Relaciones Exteriores del
Brasil, sostenía que los “países en desarrollo”
deberían tener la flexibilidad de no liberalizar
su mercado para productos y servicios audiovisuales,
y también pedía que los países
desarrollados tuvieran una política más
receptiva para la entrada a sus mercados de la producción
de los países en desarrollo.
Ese fue un paso importante dentro de un proceso de construcción
de política en el seno del Itamaraty (Ministerio
de Relaciones Exteriores), todavía no terminado,
que se propone acabar con el problema existente entre
las dos posiciones antagónicas en la OMC. Según
el Itamaraty, la propuesta despertó amplio interés
entre países en desarrollo.
Sostienen las autoridades del Itamaraty que es posible
negociar un tratado de la diversidad cultural que posteriormente
podría ser colocado como “Reference Paper” en
el GATS, sirviendo como referencia para las discusiones
en el interior de la OMC. Ya existen casos de ese tipo
en el ámbito de la OMC. Ejemplificando: un país
podría escribir en su programa de compromisos
que se compromete con la totalidad del “Reference Paper”
de servicios culturales y, en ese caso, estaría
cubierto por todos los dispositivos del acuerdo. Podría
también demandar a otro país en los tribunales
de la OMC, en caso de que éste también
se hubiera comprometido con el “Reference Paper” y no
estuviera cumpliendo los dispositivos de ese tratado
de la diversidad cultural.
De esa forma, se evitarían posibles represalias
en el ámbito de la OMC para los países
que mantuvieran políticas específicas
en el área de la cultura, de protección
de sus mercados, ya que la liberalización estaría
dirigida por los principios del tratado de la diversidad
cultural, instituido como “Reference Paper” en el ámbito
del GATS.
Paralelamente a la iniciativa brasileña, varios
países, comandados por Francia, están
en pleno proceso de elaboración de un convenio
internacional, en el ámbito de la UNESCO, que
podría servir como “reference paper” para las
cuestiones de diversidad cultural. Se cree que, en el
ámbito de la UNESCO, sea más fácil
aprobar ese instrumento.
El problema, definido de manera muy simple, es que la
raíz de la cuestión está en el
deseo, antes mencionado, de proteger mercados nacionales
y, al mismo tiempo, de abrir espacios para acceso a
los mercados internacionales. O sea, se trata claramente
de una cuestión que se plantea en el ámbito
de los tratados multilaterales de comercio y servicios,
sea el ALCA, sea la OMC. El tratado, negociado por especialistas
en el área de la UNESCO, serviría como
referencia de posiciones de los países en la
OMC o en el ALCA.
Si ese tratado de la diversidad cultural es aprobado
y ratificado por los países miembros de la UNESCO,
inclusive los Estados Unidos, podrá ser entonces
incluido en el GATS/OMC como “Reference Paper”, como
una oferta en bloque por parte de todos los países
signatarios. De la misma forma, sería un fuerte
argumento en las otras negociaciones multilaterales,
como las del ALCA o las que el Mercosur trata de establecer
con la Unión Europea.
Países como
los Estados Unidos, Francia y Canadá están
tomando muy en serio el asunto de la integración
de las cuestiones culturales en las negociaciones comerciales.
Esa percepción, infortunadamente, todavía
no es muy fuerte en el Brasil, con excepción
del caso de las patentes – especialmente de medicamentos
– que configuran un área específica dentro
de las cuestiones de propiedad intelectual. Hay que
resaltar, sin embargo, que el departamento cultural
del Itamaraty y la división de servicios, inversiones
y asuntos financieros, también del MRE, están
trabajando intensamente en el asunto. Se espera que
puedan sensibilizar a los estamentos superiores a respecto
de la necesidad de integración de los equipos
de negociación comercial con el del área
cultural.
Creo que el Brasil puede construir una posición
que realmente sirva de alternativa a las posiciones
existentes. La construcción de esa posición,
sin embargo, pasa por una “acumulación de fuerzas”
en negociaciones “horizontales”, con países del
MERCOSUR y ALADI, algunos países del África
y de Asia que tengan una situación estructural
en relación con las cuestiones culturales similares
a las nuestras.
Es probable que las
mayores dificultades, tanto en la negociación
del tratado de la diversidad cultural, como en su incorporación
en el ámbito de la OMC, aparezcan a partir de
la dicotomía cultura versus
entretenimiento, creada internacionalmente. Como siempre
suele suceder en las negociaciones diplomáticas,
las palabras y los conceptos son decisivos para que
se alcance un resultado aceptable por todos. O peor,
los Estados Unidos presionan fuertemente para la adopción
de tratados bilaterales de libre comercio – como fue
el caso de Chile y está siendo el del Perú
– o de tratados multilaterales regionales – como es
el caso del ALCA – sin esperar que ese “reference paper”
más general entre en la pauta de la OMC.
Finalmente, cabe resaltar que el éxito en el
desarrollo de una propuesta en esa área está
directamente ligado a la construcción de políticas
culturales integradas internamente y que no se limiten
al mantenimiento de leyes de incentivo fiscal para la
cultura. Infortunadamente, no se nota un empeño
real del Ministerio de Cultura, en el Brasil, para colocar
en pauta esas cuestiones. No obstante, si eso se hiciera,
la discusión sobre políticas culturales
saldría del asunto de la “cuestión de
la cultura” y del reino de lo simbólico para
el terreno mucho más complejo y vital de los
acuerdos multilaterales de comercio, que es donde la
cuestión se coloca para los Estados Unidos. Y,
si no tenemos mucha claridad acerca de esas relaciones
entre cultura y comercio internacional, la diversidad
cultural no dejará de ser una plataforma retórica
e irá a correr el serio riesgo de transformarse
en moneda de cambio en las negociaciones internacionales.
La industria editorial, en particular, tiene que dejar
a un lado la posición asumida hasta hoy de que
esas cuestiones no le afectan directamente. En la medida
en que todas las cuestiones relacionadas con la producción
de copyright están involucradas en
las negociaciones comerciales multilaterales, el resultado
de esos procesos de liberalización ciertamente
acabará, tarde o temprano, interfiriendo en el
desempeño de la industria editorial. Sea por
facilitar los procesos de conglomeralización
– y con eso afectar frontalmente la estructura del negocio
editorial en cada país – sea por imponer una
verticalización en el control de los contenidos,
inclusive de los libros, imponiendo restricción
en la oferta factible de ser publicada por las editoriales
de cada país.
Un gran error es considerar que
negociaciones como las del ALCA, MERCOSUR/Unión
Europea o la OMC no tienen nada que ver con la industria
editorial.
|