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Siempre
hemos deseado conocer cuántas bibliotecas públicas
hay en cada uno de nuestros países y ver cómo, al
unir las cifras, obtenemos un número representativo de ellas,
o al menos, una cantidad aproximada que nos hable de cerca de, de
más de, de aproximadamente. Para encontrar esa cifra -para
siempre inexistente-, se han realizado esfuerzos en diferentes épocas
cuyos resultados aún no conocemos. Desde la década
de los 80 estamos empeñados en contar, y a partir de las
cifras obtenidas, empeñados en hacer diagnósticos,
en planear acciones y formular estrategias. Pero si pudiéramos
obtener esa cifra y con orgullo anunciarla, tendría que estar
acompañada por dos números aún más importantes:
cuántos bibliotecarios trabajan en las bibliotecas públicas
y cuántas personas visitan las bibliotecas públicas.
Pero
anterior a las cifras, hay otras preguntas que aún no hemos
interiorizado y que permanecen sin transcender los muros de las
bibliotecas . ¿Por qué llamamos pública a la
biblioteca pública?, ¿Acaso porque es un espacio educativo
y cultural en el cual se produce saber por la transformación
del conocimiento acumulado en sus fuentes y descifrado por los lectores?.
¿Es pública porque es un lugar de encuentro, un espacio
donde la deliberación, el debate y la concertación
son posibles?, ¿Una biblioteca es pública porque es
la responsabilidad de un Estado y es su tarea sostenerla con los
dineros que entregamos los contribuyentes?
Pensar
la biblioteca pública es algo más que cifras y números,
presupuestos e inversiones; la biblioteca pública es un espacio
que convoca al encuentro de las personas en torno a intereses comunes
que, al ser compartidos, cohesionan el tejido social. Hoy en las
bibliotecas públicas se encuentran las personas con los múltiples
soportes de registro de la información, a partir de allí
surgen los elementos que posibilitan el establecimiento del diálogo
que la convierte entonces en un espacio de desarrollo cultural,
social y económico; es aquí, ahora, donde las cifras
desbordan cualquier idea que podamos tener en nuestro imaginario.
Solamente
en Iberoamérica nuestras bibliotecas públicas suman
más de 20.000. En ellas, cerca de 60.000 bibliotecarios inventan
mil maneras de hacer posible que la circulación del saber,
su difusión y modificación por parte de las nuevas
generaciones, le permita -al conocimiento- encontrar nuevos sentidos,
transformarse y perdurar o perecer. Aunque las cifras pueden ser
aún superiores, podemos hablar de alrededor de 100 millones
de personas buscando algo en nuestras bibliotecas públicas;
¿será qué éstas cifras, aún sin
ser exactas, acaso no justifican aunar esfuerzos para realizar conjuntamente
acciones que nos lleven a crecer y a posicionar ante los gobiernos,
la sociedad y las personas la biblioteca pública?
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