| EL
LIBRERO EN LOS LIBROS
La asistente del Boletín RED LIBRERÍAS, Paola
Roa, ha seleccionado un fragmento del cuento “Felicidad clandestina”
de la gran escritora brasilera Clarice Linspector. ¿El tema?
La misteriosa hija del librero.
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo,
medio pelirrojo. Tenia un busto enorme, mientras que todas nosotras
todavía éramos planas. Como si no fuese suficiente,
por encima del pecho se llenaba de caramelos los bolsillos de la
blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora
de historias le habría gustado tener: Un papá dueño
de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía
menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito
barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del papá.
Para colmo, siempre era algún paisaje de Recife, la ciudad
donde vivíamos, con sus puentes más que vistos. Detrás
escribía con letra elaboradísima palabras como “fecha
de nacimiento” y “recuerdos”
Pero que talento tenía para la crueldad.
Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura
venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras,
que éramos imperdonablemente monas, delgadas, altas, de cabello
libre. Conmigo ejercitó su sadismo con una serena ferocidad.
En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones
que me imponía: seguía pidiéndole prestados
los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que llegó el día magno de empezar
a infligirme una tortura china. Como por casualidad me informó
que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato (...)
Clarice Linspector, Cuentos completos,
Alfaguara, 2003
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Nuevamente el estimado Roger Michelena, desde Caracas,
nos trae a la memoria el valor del librero en la vida del lector.
Yo me dedico a mi oficio, ¿comprendéis? Soy librero,
voy de aquí para allá, veo a un montón de gente,
vendo los libros, descubro talentos ocultos bajo montañas
de papel. Yo propago ideas. El mío es el oficio más
arriesgado del mundo, ¿entendido? Soy responsable de la difusión
del pensamiento, incluso del más incómodo. Ellos escriben
e imprimen, yo difundo. Ellos se creen que un libro vale por sí
mismo, creen en la belleza de las ideas en cuanto tales. Una idea
es válida en tanto que se difunde en el lugar y en el momento
adecuados, amigo mío.
(Luther Blisset, Q, Debolsillo, 2002)
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