¡Auxilio! Un librero, por favor
En la sección “Hojas de palabras” de la revista virtual venezolana Letra inversa (notitarde.com), el estimado escritor Pedro Parra Delaud recuerda la fea experiencia de visitar la sección de libros de un hipermercado en Valencia.
Ya vemos que cada vez son menos las librerías de pequeño y mediano tamaño. Su extinción es casi segura. En su lugar, las grandes superficies deslumbran por sus múltiples anaqueles e hileras de libros bien acomodados. Tan bien acomodados que hasta vienen enfundados en plástico transparente para que uno sólo vea la carátula. Menudo acierto. Si lo compras, lo lees; si no, que te lo cuenten. En todo marcha perfecto el concepto de mercado. Tanto dado por tanto obtenido. Se acabaron los mirones de libros, los que antes de comprarlos cometen el abominable pecado de hojearlos, a ver si es de su gusto.
Miserable milagro. Se instalan enormes librerías, cadenas de librerías en centros comerciales. En ellas se venden libros como cualquier otro género de mercancías (digamos que podrían ser bluyines). Cada estante del largo de cien pasos. Todas las clasificaciones de la Ciencia, de la Autoayuda, de la Literatura, y otros bastimentos. Muchísimos libros, la mayoría envueltos en el mencionado plástico transparente. Y para colmo, una aparición nueva, producto de estos lugares. La sombra vigilante de alguien que en otros tiempos se llamaba librero, pero que en estos es un simple vigilante, un celador, un guachimán.
Decadencia de los tiempos. Ese sujeto, o sujeta, generalmente vestido con el uniforme de la "librería" (porque hasta se uniforman), se para a cierta distancia de uno y te observa. Al rato, si el curioso lector que hurga entre los anaqueles no da muestra de llevarse algún libro, lo interceptan con una pregunta: "¿Qué busca el señor?" Y uno responde que sólo mira. Entonces se activa lo que llamo el plan expulsión, por el cual comienzan labores de discreto saboteo, para que uno se decida a comprar o se marche. Se acercan al lugar donde uno está mirando los títulos, hacen como que toman un libro y lo vuelven al lugar (como diciendo: apártese que estorba), o se le paran al lado (como contando la mercancía). En fin, haciéndose notar. Alguno tuvo una vez la osadía de llamarme la atención, cuando me agachaba para ver los títulos que estaban en un anaquel bajo, porque estaba prohibido agacharse. Y ¿cómo, le pregunté? Yo se lo busco -me dijo. ¡Qué tal!
Parece cuento de camino. Pero es verdad. Lo he vivido en carne propia. Y nada me revienta más que un librero ignorante de su oficio. Ignorante de materias y de cortesías. Porque, fuera de la labor de vigilancia que ahora cumplen en las librerías, basta que le preguntemos por cierto autor o cierta obra para que pongan cara de interrogación. Y si, a la hora de pagar, se nos ocurre pedir un descuento, la mirada que le echan a uno lo dice todo.
Sin duda alguna quedaron atrás los tiempos en que el librero era un ser enterado y hasta leído. Cualquier pregunta acerca de un autor o una obra había que formularla muy bien, porque aquel ser sabía hasta lo no escrito por un determinado autor. Su palabra era una guía que nos alumbraba el camino. Y su paciencia infinita. Sobre todo cuando se trataba de darnos descuentos y facilidades para pagarles los libros que les adquiríamos. Todavía quedan algunos libreros así, gracias al cielo, en las pequeñas y medianas librerías que subsisten al asedio de la vulgaridad y la ignorancia. Vale.