Boletín de la Red Latinoamericana de Librerías No. 14 ir a Boletín CERLALC    

 

 
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“Memorias de un librero”, de Rafael Vega Bustamante

Para los bogotanos que hemos tenido una relación permanente con Medellín –la segunda ciudad de Colombia- fue una absoluta sorpresa el cierre de la Librería Continental en 2001. Habituados a visitar en cada viaje a la ciudad la librería de don Rafael Vega, encontrar un día que había desaparecido fue un verdadero mazazo. La librería era una especie de rosa de los vientos y no verla en aquella esquina del centro de Medellín era ya un aviso premonitorio de la muerte: de la muerte de todo.

A un supermercado lo remplaza otro; a una librería, nada. Con el paso de los días era evidente que ya la Librería Continental pasaba a ser historia. Afortunadamente Rafael de la Vega ha escrito estas memorias que rescatan del previsible olvido toda una época en que la librería contribuyó al avance cultural de Medellín y donde muchos jóvenes formaron su vocación lectora.

Con una prosa ágil, amena, directa, que recuerda en mucho al Tomás Carrasquilla maduro, el autor rápidamente describe los múltiples sucesos que acompañaron el devenir de su librería durante cerca de sesenta años. Desde una infancia marcada por un temprano interés en los libros, hasta la firme decisión en la adolescencia de ingresar a la “noble profesión de librero”. Dueño, sin duda alguna, de una memoria prodigiosa, de la Vega recuerda detalles que al tiempo que describen la conformación aparatosa de una ciudad lectora, revelan los múltiples trajines del comercio del libro en un entorno adverso y provinciano. El paso de la venta de libros sobre todo religiosos, a libros universitarios, humanísticos y de interés general, además de ingresar al negocio de la venta de música. Los agudos desafíos como un incendio que por poco lleva al traste con el negocio, la competencia desleal de la fotocopia y de la piratería, el riesgo que implicaba ser librero-papelero, el surgimiento brutal de las grandes superficies y de toda una ética de hacer negocio con los libros. Todo esto sumado a las dificultades con editores y distribuidores, el bajo número de clientes en un ámbito donde leer se convirtió en un ejercicio extraño, ajeno a la ciudadanía, y donde lo “in” era hablar de la última telenovela, pero no de un libro, y sobre todo no considerar como seria amenaza para la librería el estar ubicada en un lugar percibido por la gente como “peligroso”, constituyen, en una rápida síntesis de la historia vivida por la Librería Continental, la material de este libro

Libro que en efecto también describe momentos maravillosos para la historia de un librero: las tertulias literarias y musicales con los amigos, la súbita venta de una colección best seller, el descubrimiento y trato de gente honesta y afín con la mercancía que vendía, el homenaje recibido de la ciudad en los cincuenta años de la librería, el ajetreo de atender clientes diversos en los días que uno tras otro son la vida, como diría el querido poeta Arturo.

Don Rafael cree que la cultura de la televisión y de internet no destrozará la nacida de la imprenta, pues “el libro ha sido, es, y será hasta el fin de los tiempos el compañero inseparable del hombre, pero por desgracia no de todos, pues no todos los seres humanos que saben leer, tienen acceso directo a este”.

Rafael Vega Bustamente, junto con los fallecidos Hugo González –director de la Librería Lerner y Hans Ungar, dueño de la Librería Central, en Bogotá- han sido los mejores libreros de Colombia. Maestros si los hay ellos tres, fundadores de un gremio que se debate entre la vida y la muerte, y que contra pronósticos oscuros lucha por no dejarse desaparecer del mapa cultural y comercial de nuestras ciudades, cada vez menos lectoras y consumidoras de libros.

Ningún homenaje a este libro y su autor puede ser mejor que replantear de nuevo problemas que aquejan al círculo del libro en Colombia: la urgencia de que el Estado –su Ministerio de Cultura- adopten una política de defensa de las pequeñas y medianas librerías (tal como la propuso Jack Lang en Francia a principios de los años 80 y lo hizo Cegal en la España de los noventa), que los mismos libreros, agremiados, tengan claro qué requieren y qué ofrecen, de definir de una vez por todas si en una sociedad caótica de libre mercado como la nuestra es posible defender el “precio fijo”, aparte de otros interrogantes de mayor envergadura que son esenciales que un librero los enfrente: ¿cómo es un modelo de gestión de una librería eficiente y orientada hacia el cliente?, ¿qué hacer frente al tremendo lío de la reprografía ilegal?, ¿las librerías físicas como entes comerciales tienen futuro en un entorno donde en diez años la mayoría de las compras se harán por internet?

La “peste del olvido” (García Márquez), el “moho de Maqroll” (Mutis) que todo lo invade en Colombia son retados en estas memorias, claves para reconstruir una historia del libro y la lectura en Colombia.

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Con carácter exclusivo presentamos a los lectores del Boletín apartes del capítulo 5 del libro “Memorias de un librero” de Rafael Vega Bustamente. Agradecemos al director del FCE Colombia, Juan Camilo Sierra, y a la editora Catalina González la gentileza que tuvieron al autorizar la divulgación de este material.

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Estos campos de la distribución y la edición de libros no están vedados a los libreros, pero no son los más convenientes, pues son terrenos de dedicación exclusiva, como la venta de libros. Aparte de lo ya mencionado y comentado, de la distribución de libros del Fondo de Cultura Económica de México, hice pequeñas incursiones en la distribución, más que nada para aceptar propuestas de personas amigas. También hubo algunos intentos en el más espinoso y difícil campo, el de la edición de libros.

Como distribuidora, la Librería Continental aceptó en 1989 un fondo de la muy prestigiosa editorial Carlos Valencia Editores, para distribuir y vender. El negocio consistía en que la editorial le enviaba en consignación a la librería todos los libros de su fondo en cierta cantidad de ejemplares de cada título, con un descuento mayor que el corriente para libreros. Era una forma buena y eficaz para dos objetivos, mayor venta de la editorial y facilidad para el librero, el último eslabón de la cadena del libro antes de llegar al lector. Aumentaron notoriamente las ventas de esta editorial puesto que nunca se dejó de vender un libro por falta del mismo y se hizo un plan de visitas a las demás librerías para venta, ofreciéndoles, además, el despacho por teléfono del libro que necesitaban. Por motivos desconocidos, este negocio apenas duró dos años.

A propósito de este tema, es bueno hacer saber que en Francia, Inglaterra y Estados Unidos, algunas editoriales envían a las librerías (previo contrato) los libros que editan, para pagar los vendidos cada 30, 60 y 90 días. Los libros vendidos se reponen. Es un buen sistema porque se le ayuda al librero a tener constante surtido, lo que permite una venta permanente hasta el momento en que el título deje de tener demanda. Entonces el librero decidirá si compra ejemplares o los devuelve todos. En Colombia el librero asume un riesgo grande y a la postre queda con depósitos de libros que se venden con lentitud o no se venden y deterioran el capital de trabajo por la baja rotación. Ahí está la explicación de la quiebra y liquidación de muchas librerías y el escaso rendimiento económico de otras. Las personas que se preguntan con frecuencia cuál es la razón de que tengamos pocas librerías en el país, pueden encontrar aquí una respuesta parcial. Aunque valga la verdad, esa no es toda la justificación. Sabemos que ha aumentado y sigue aumentando la población, pero la educación, que se supone debe enseñar el hábito de leer a los ciudadanos, no está al día, y al contrario, se ha deteriorado.

El tema de la distribución no termina aquí, pues se ha creado un sistema que por un lado ha encarecido el libro y por otro pone al alcance del librero, de una forma más rápida, el libro extranjero. La forma tradicional para surtir una librería consistía en tener al editor como proveedor en relación directa con el librero. En su defecto empezaron a surgir los distribuidores en los grandes centros editoriales como Buenos Aires, México, y luego Madrid, Barcelona, Bilbao, etc. El sistema del distribuidor facilitaba al librero y al editor la adquisición cómoda de pocos ejemplares de cada título, y permitía al librero la venta de libros de muchas editoriales a la vez, pues era incómodo para una editorial despachar y facturar tres títulos únicamente, por ejemplo los que el librero necesitaba.

Por lo tanto, el distribuidor recibía del librero un pedido de varias editoriales, aquél solicitaba los libros a cada editorial en la misma ciudad o en el mismo país y los facturaba todos juntos al librero. Así había una sola exportación y una sola importación. El primero y más importante distribuidor con el cual tuve contacto fue Joaquín Torres, un distribuidor muy sólido de Buenos Aires. Él a la vez editaba el fondo de la Editorial Juventud, de Barcelona, que en ese entonces estaba en receso por la guerra civil española. Distribuyó los libros de Editorial Losada, Editorial Claridad, Editorial Emecé, Editorial Sudamericana, etc. El éxito de su labor consistía en el rápido y efectivo servicio, la cuenta corriente que abría al librero cuando ya lo conocía y le inspiraba confianza, especialmente en el servicio de novedades. Éste consistía en el despacho automático de todos los libros que salían al mercado, ya fueran primeras ediciones o reimpresiones. El librero daba instrucciones sobre los temas en que estaba interesado y cuántos ejemplares de cada título deseaba.

En mis primeros años de librero, este magnífico sistema fue una de las bases de mi éxito, pues dos veces al mes recibía remesas de libros, pequeñas pero sustanciosas. Ya los clientes buenos lectores sabían y concurrían a conocer las novedades, que tenían un lugar preferencial en la vitrina. Basándome en el éxito de las novedades, las cuales también yo hojeaba y a veces leía, hacía pedidos por un mayor número de ejemplares. Don Joaquín Torres visitó Medellín en dos ocasiones para entrevistarse con sus clientes y para conocer Colombia, pues se convirtió, cuando su negocio marchaba con sus empleados, en un gran viajero, recorrió todos los continentes y escribió nueve libros sobre sus viajes, el último en el año de 1977.